Como la flor que pende de su rama;
tan hermosa, tan efímera. La cual
pese a tu contemplación siquiera se perturba, ella sigue ahí, luciendo
esplendorosa no solamente para tu ojos, sino para cuantos sepan apreciar y honrar
la belleza misma.
En esa misma condición hermética se
aprisionó a su cuerpo y a su sonrisa, sabiéndose tan vacía y tan deseada.
Cubrió de cristales blindados su
espacio, su alma y su conciencia; Se enclaustró así misma en un disfraz
de cuadro de museo, con las luces dirigidas, intencionadas y apropiadas para sólo
dejar ver su ángulo más bello, intocable, inalcanzable.
Ridículamente inasequible.
Didi Soto
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