He de decirle, querido compañero de noche, que encuentro
delicioso el cuerpo que multiplica mi propio peso y que ahora me atrapa con su
placido descanso.
Brazos poderosos envuelven mi humanidad, ha logrado usted
ponerle nombre, cuerpo y voz a mis gemidos, sin embargo, no tolero ni toleraré
sus ronquidos.
Quizá volvamos a encontrarnos.
Berenice Pinzón
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